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domingo, 5 de junio de 2011

Pisos y agujeros verticales




REPOST con nuevo material
Fernando Núñez Noda
(@nuneznoda en Twitter)
MIAMI (infoCIUDADANO)
05/Junio/2011




Si no arreglas una grieta, construirás una pared.
Proverbio Swahili

No sabemos, por supuesto, quién levantó la primera pared, ni cuándo. Tenemos claro que son inherentes a las ciudades, pero ignoramos cuál fue la primera “polis”. Si nos guiamos por la Biblia resulta que el mismísimo Caín, durante o quizá después de su vagabundeo por el mundo, fundó la primera ciudad, llamada Enoch. La fecha: a mediados del primer milenio luego del nacimiento de Adán (padre de Caín).

Con no más de 4.000 años, pues, Enoch palidece frente a los 11 mil años que le atribuyen los arqueólogos al asentamiento más antiguo todavía habitado: Jericó, en Palestina, famoso por las murallas que una vez la rodeaban e hicieron inexpugnable. Cuenta el libro homónimo que Josué las derribó con trompetas (y, claro, un buen empujón divino) poco más de un milenio antes de Cristo.

En Jerusalén hay un famoso muro: el de las Lamentaciones. Esta pared es lo que queda del Segundo Templo de Salomón, destruido por los romanos en 70 dC. Según el Talmud, al caer el recinto sagrado se cerraron las puertas del cielo, menos ésta, llamada la “Puerta de las Lágrimas”. De modo que una pared, al menos metafóricamente, puede ser una entrada también.

Las paredes como bordes

Al hablar de muros, por supuesto, salta a la ¿vista? la Gran Muralla China. Con al menos 2.200 años de antigüedad, no hay sin embargo consenso sobre su longitud y las estimaciones van desde 2.400 hasta 7.300 kilómetros no continuos, lo cual equivale –sorprendentemente– a entre 20 y 60% del diámetro ecuatorial de la Tierra. Cuenta la leyenda que su primer constructor, el emperador Shih Huang Ti, quiso recomenzar la historia: ordenó que se quemaran todos los libros y documentos existentes. Curioso: nuevos registros y una pared para comenzar la historia, en medio de muchas cenizas.

Hablando de otra cosa, no es cierta la leyenda urbana que señala a la Gran Muralla como la única estructura hecha por el ser humano que puede verse desde la luna. Cierto que se distingue a alturas atmosféricas, pero trabajosamente y con ayuda de instrumentos. Hay una imagen de la muralla tomada desde el transbordador espacial en este vínculo.

Aunque puerta a Europa o Asia, según vaya uno, Constantinopla (actual Estambul, Turquía) también conoció una pared fabulosa. En realidad, fueron tres muros concéntricos que finalizó Teodocio II en 447 dC, luego de treinta años de construcción. Isaac Asimov lo reporta en su Libro de los datos: la más externa estaba antecedida por un foso de casi ocho metros de profundidad, la interna tenía una altura de 21 metros.

También son notables los muros en terrazas de Machu Picchu, considerados perfectos aunque no tengan argamasa, adheridos por una fuerza gravitatoria muy equilibrada.



Superior izquierda: Ruinas de Jericó, en Palestina. Inferior derecha: Muro de Macchu Pichu.

Paredes para entrar

Hay una extraña alusión a paredes mágicas en el libro El lobo estepario de Herman Hesse. El protagonista Harry Haller transita por una calle y observa un muro y una puerta. Al lado un letrero: “Teatro de los locos”. La ignora. Otro día se topa con la misma entrada y rótulo, pero en otro pasaje. No le otorga mayor importancia. Al tiempo, recuerda el letrero y le da curiosidad. Vuelve a una de las paredes pero ya no está la puerta, sólo la pared, lisa, sin señales de tal entrada. Igual ocurre en las otras locaciones.

Años después, Harry halla sin esperarlo el famoso teatro y esta vez no pierde la oportunidad de entrar en un mundo de genios y locos.

Tan prolijo en estados alterados es La pared (1979), un exitoso álbum del grupo Pink Floyd, que canta a la alienación del humano y la creación -para protegernos- de mundos internos, a veces benignos, a veces infernales. Luego de años de filtraciones, el protagonista logra encerrarse del todo en su propia marisma.

Y para no entrar (o salir)

Porque, claro, las paredes y muros se usan principalmente para separar, para aislar. Un caso famoso e infame fue el Muro de Berlín. Hecho para evitar que los ciudadanos del lado comunista de la ciudad se fugaran al lado “federal”, fue paradójicamente el punto focal de miles de escapes, algunos espectaculares. Por sincronicidades de la vida, el principal autor de La pared, Roger Waters, tocó estos temas en Berlín, casi diez años después, cuando derribaron el Muro en el preludio de la reunificación alemana.

Y, demolido el de Berlín, otros quieren seguir construyendo. Se ha criticado mucho una muralla que Israel quiere colocar en una de sus fronteras con los territorios palestinos. Ni qué decir de la pretendida pared que evitaría entradas ilegales en ciertos puntos de la frontera entre los EUA y México.

En la novela Lapas del escritor venezolano Doménico Chiappe, a una Caracas futurista y colapsada la cruza un gran muro que separa a la clase social depauperada del resto.

¿Se revertirá alguna vez la tendencia? ¿La de levantar más muros que puentes? ¿La de ponerle puertas pero no abrirlas?

Al final, el protagonista de La pared logra derribarla y -creemos- liberarse de sí mismo y del afuera. El héroe en El lobo estepario se queda del otro lado de la pared, en un mundo que ya este lado no comprende.

—ANEXO——————————–

Cuatro películas que terminan con puertas

La puerta permite o impide el acceso al “próximo” ambiente. Tiene el poder de transformar la pared: en un muro sólido o en parte de un camino. Es un símil del comienzo o del fin, aunque la imaginación del director de la película pueda jugar con las combinaciones. Me he fijado en cuatro films que terminan con una puerta, abierta o cerrada.

Debe haber muchas más, pero estos títulos me gustan en particular. Primero la catedral del cine, El Padrino, de 1972. Su final es de antología. La esposa del nuevo Don Corleone cree por breves minutos que su esposo no es el monstruo que dicen, autor intelectual de decenas de asesinatos. Él le asegura que son mentiras, que luchará por legitimar la familia. La esposa pasa a un salón a preparar dos tragos. Ve a lo lejos como llegan dos capitanes de la mafia y besan el anillo del nuevo capo di tuti capi. Contempla con sorpresa. Desde adentro un guardaespalda cierra la puerta, suave pero contundentemente.

La última escena de esa película es un rostro anonadado porque sus peores temores han resultado ciertos. La puerta que cruza esa cara le da un efecto de “cierre” que no se olvida más nunca en la vida.

Goodfellas (1990) de Martin Scorsese, otra excelente película de mafiosos, finaliza con el protagonista, bajo el Programa de Protección a Testigos, quien entra a su casa lamentando su suerte actual, lejos de la acción. Tras recordar brevemente a su gran amigo Tommy DeVito (Joe Pesci) como todo un pistolero, cierra la puerta de una casa suburbana. Sin pretensiones, esa escena termina con broche de oro una narración cinematográfica portentosa.

Hay una película de animación del estudio Pixar, Monster Inc, que me gusta mucho por sus personajes y su factura. La historia trata la amistad de una niña y un monstruo de gran corazón, Sully. La única forma de comunicar a ambos mundos era con puertas especiales, diríamos multidimensionales. Una vez devuelta la niña a su cuarto, desde donde por accidente había cruzado la frontera, Sully pensó que no vería más a su amiguita. Y resulta que la encuentra una vez más, cuando abre la puerta reconstruida tiempo después, y es saludado por la aguda voz de la niña que lo llamaba “gatito”.

“El Retorno del rey” de la serie de El Señor de los Anillos de Peter Jackson concluye una larga odisea con Frodo regresando a su comarca, entrando a su casa y cerrando la pequeña puerta. Las casas de los hobbits son especie de cuevas en las colinas, muy hermosas, como escondidas detrás de murallas naturales. Esa puerta cerrada parece decir: “He vuelto a mi hogar”, en este caso, luego de salvar al mundo.

Fuente: Infociudadano

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