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sábado, 11 de junio de 2011

Meandros del pantano

Por Jaime Ruiz

Desasosiego
Lo que ha estado ocurriendo desde que Juan Manuel Santos se posesionó tiene felices a todos los propagandistas del chavismo. No hay uno solo que no se haya entusiasmado con las políticas del "mandatario" (pongo el término entre comillas, porque él no cumple ningún mandato sino que manda): no podían imaginarse que ganarían las elecciones de forma tan alegre. Entre la mayoría de la sociedad, la que desea un rumbo distinto a la de la mayoría de los países de la región, esas políticas generan una creciente desesperación, a medida que se entiende su sentido.

Nostalgia
La gente votó por el continuador de Uribe porque mayoritariamente veía con esperanza la situación del país. Realmente el salto dado durante los dos gobiernos de Uribe fue impresionante, dada la catástrofe en que habían hundido al país varias décadas de predominio de las organizaciones de traficantes de drogas, de las bandas terroristas y de los clanes políticos que se aliaban con ellas. La inclinación del nuevo presidente a disponer del país como de su dinero de póquer ha generado en muchos ese lamento persistente: "Extraño a Uribe". Desgraciadamente, es bien difícil delimitar la verdadera ideología de los nostálgicos. Muchos son la clase de gente que se entusiasmaba con Franco, Pinochet o Fujimori, otros simplemente están indignados con los desmanes del poder de hecho que reina en el país y ansiosos de una democracia como la de los países civilizados.

Confusión
Lo que se detecta detrás de esas emociones es una profunda inmadurez política: parece que todos los problemas de un país requirieran exclusivamente un buen padre que mandara y pusiera las cosas en su sitio. La inmensa mayoría de los uribistas apoyaron la propuesta de segunda reelección y sin la menor duda habrían querido envejecer con su caudillo perpetuamente en la presidencia. Casi a ninguno de ellos se les ocurrió que debería haber un partido con un ideario y un programa claros, ni menos una Constitución que no autorizara a negociar las leyes por motivos de orden público (perla sólo concebible en un país cuyo antiguo Código Penal permitía sobreseer el delito de "corrupción de menores" si se llegaba a un acuerdo matrimonial). Bah, ¡son tantas las monstruosidades del engendro de Pablo!

Circunspección
Cuando Uribe era candidato en 2002 prometió cerrar el Congreso y crear un parlamento unicameral. Afortunadamente no cumplió esa promesa, porque de otro modo habría puesto en cuestión su gobierno y favorecido a los socios del terrorismo: ese sentido práctico condujo a que en lugar de limpiar el legislativo de la clase de personajes que absolvieron a Samper y sostuvieron a los otros dos gobiernos funestos de los noventa, se aliara con ellos y favoreciera su elección tanto en 2006 como en 2010. Cuando la gente lamenta la traición de Santos suele olvidar que la secundan casi todos los congresistas y senadores que hace apenas un año fueron elegidos como "uribistas". Incluidos personajes como Bocanegra o Benedetti.

Concreción
La principal razón por la que Uribe no tuvo interés en cambiar la Constitución fue el afán de mostrar logros claros, visibles: su rechazo a la charlatanería de los académicos y leguleyos que creen que decretando nuevas cosas mejoran algo. De nuevo, este sentido es comprensible y está en la base de los admirables logros de su primer gobierno. Pero siempre hay un límite, y la facilidad con que todo lo que consiguió se ha echado atrás en poco tiempo tiene que ver con el dominio del poder judicial por los grupos de poder aliados de los terroristas, y con las definiciones de la Constitución de Pablo Escobar.

Labilidad
La cadena de éxitos del periodo 2002-2006 y la popularidad consiguiente condujeron al gobierno de Uribe a buscar la reelección para el siguiente periodo. Muchos lo apoyamos, sobre todo porque no había alternativa. Pero ahí ya empezó a gestarse el vicio que terminaría por llevar al país a una situación peor que la que encontró Uribe en 2002 (cosa que se admitirá en cuestión de seis meses, a lo sumo). Para no perder apoyos, siempre convencidos de que los estadounidenses buscaban desesperadamente la adhesión de su aliado, se obstruyó la negociación del TLC (que contrariaba a muchos gremios locales). Ya han pasado cinco años y ese fracaso sigue, más cuando el actual gobierno no tiene el menor interés en dicho tratado. Fue sólo un ejemplo: la primera reelección también significó el refuerzo de la alianza entre el presidente y los grupos políticos de los noventa. El propio Partido Social de Unidad Nacional fue fruto de esos acuerdos.

Distracción
Ahora resulta evidente lo que se gestaba entonces, pero en el fragor del combate contra el terrorismo y de las campañas de los medios terroristas, la adhesión completa a Uribe era inevitable. ¿Por qué durante esos años no tuvo interés Uribe en crear un partido doctrinario que generara una hegemonía duradera en la política nacional y arrinconara a los viejos entes clientelistas y a las sectas totalitarias? Porque ni siquiera esperaba tener tanto éxito y porque sus concepciones políticas están ligadas a la vieja guardia. En una ocasión contestó que él no pensaría en crear un partido diferente porque no pensaba hacerle eso al liberalismo. El liderazgo que alcanzó sirvió para impedir un triunfo de los chavistas en 2006, pero también para que la gente consciente renunciara a esas obviedades de las sociedades democráticas: la única solución que se podía concebir en 2006 era reelegir a Uribe. Ni siquiera había ningún freno formal, ya que las principales repúblicas presidencialistas admiten el refrendo de las políticas de un mandatario al cabo de cuatro años.

Complacencia
Alrededor del gobierno y de sus nuevos aliados, pues esos apoyos que aseguraban la reelección también aseguraban la renuncia a cualquier impulso reformista, se fue formando una especie de costra de los mismos lagartos de siempre, que en lugar de proyectos o ideas tenían "palancas" y que suplían todas sus insuficiencias con el fervor por el caudillo. La desesperada campaña de los chavistas y los socios del terror desde la prensa desactivó cualquier discusión: o se estaba con los calumniadores o se consideraba casi perfecto al gobernante suprapartidista y supraideológico, sumándose a la multitud que lo seguía y que no veía problemas ni en la Constitución ni en los legisladores que aprobaban las leyes, controlados por el mismo señor que firmó un proyecto de Constitución con las FARC. Ni siquiera se veían problemas en el poder judicial, hasta que empezó a enfrentarse con el líder.

Euforia
Ése fue el espíritu con que se llegó a las elecciones de 2010: a pesar de la contrariedad de no poder implantar un
porfiriato que congelara para siempre al país de siempre, con nuevos ingresos de rentas mineras y sensación de bienestar por el retroceso de los terroristas, había una mayoría convencida de sí misma y capaz de imponer en las urnas su opción. Lástima que el único referente fuera el líder equívoco y sus tres huevitos. Tanta simplicidad tendría por fuerza que conducir a la situación actual: ¿cómo es que en las democracias de los países desarrollados siempre hay partidos con idearios y programas y las constituciones no permiten que el derecho se anule ante el capricho de cualquier autoridad? Eso está demasiado lejos del alcance de las multitudes convencidas de que su líder tiene poderes sobrehumanos, o de que eso es demasiado pedir para los pobres colombianos.

Tristeza
La situación actual es tan terrible que mientras Santos prepara una negociación con las FARC respaldada por las armas de Unasur y los jueces encarcelan a cuanto militar muestra alguna eficiencia o alguna visión clara de las cosas o a cualquiera por haber formado parte del anterior gobierno, el ex presidente sólo anda pendiente de no perder los buenos términos con los políticos que aprueban las lindezas de Santos. El penoso espectáculo de las protestas por la inclusión de "conflicto armado" en la Ley de Víctimas pasa por alto que esos políticos aprobaron esa ley y aprobarán la negociación que prepara el presidente. La única solución que se les ocurre, ya no frente al problema terrorista sino como acceso de nuevo a los cargos públicos, es preparar las condiciones para otra reelección. El que lo dude puede ver esta entrevista al senador Juan Carlos Vélez, presentado por El Espectador casi como el vocero de Uribe y que no vacila en declarar que:
No creo que lo haya traicionado [Santos a Uribe] y lo que veo es que en muchas cosas siguen identificados, como en la continuidad de la seguridad democrática y en muchas de las políticas económicas.
Cuando le preguntan por el uribismo responde hablando de la U, cosa que Uribe no rechaza, y finalmente admite que piensan en una Constituyente para hacer posible la reelección, así como en la genial idea de reformar la justicia por vía legislativa. Como si fuera posible realmente enjuiciar a la CSJ por prevaricato, o como si no lo hubiera, o como si no hubiera que preocuparse en exceso.

Desasimiento
En definitiva, un equipo de fútbol no puede lamentar que sus oponentes jueguen bien. Puede discutir sobre lo que podrían hacer sus miembros. La impotencia de la parte de la sociedad que eligió a Uribe y lo sigue es el fruto de su falta de decisión, de imaginación y de madurez política. Las infamias judiciales seguirán porque el único camino razonable para impedirlas, una Constituyente impuesta al legislativo (el único que puede aprobarla) por un referéndum, por una movilización popular o por una huelga general, estorba a los cálculos de su jefe. La negociación con las FARC es hoy tarea del "uribista" Roy Barreras, al que el ex presidente tampoco desaprueba. Cada día que pasa uno se convence más de que con los uribistas no se puede contar. No saben si son demócratas (una vez una señora me dijo que a ella no le importaba la democracia sino el retorno de Uribe), no quieren darse cuenta de que los partidos "uribistas" apoyan a Santos y su acuerdo con Chávez y sólo tienen una respuesta para todo: el lloriqueo. Es imposible que el ex presidente o alguno de los que promovieron la segunda reelección y favorecieron el ascenso de Santos con eso admitan que hicieron algo mal.

Impotencia
Es decir, los problemas colombianos no son las desgracias que encuentra el país, la pelota no está en el campo del otro jugador, sino la inconsciencia de quienes desearían que no fuera ése el rumbo. Los diez años en que pareció que había una cohesión nacional en defensa de la democracia ya pasaron y ahora viene un reacomodo en el que todo volverá a su cauce y puede que tras una orgía de crímenes peor que la que se ha visto terminen imponiéndose los comunistas. ¿Qué hará Santos cuando la evidente desmoralización militar y el evidente avance de las FARC le planteen una respuesta? Impondrá la "reconciliación" dando buena parte del poder a los terroristas. Para eso ya llegó a un importante acuerdo con Fecode, para eso destituye a cuanto militar muestra alguna determinación, para eso se entiende con la Corte Suprema de Justicia, para eso se dedican los "uribistas" de la Comisión de Acusación a perseguir al propio ex presidente... Al final cambiarán la absolución por una embajada y los adoradores de Uribe estarán felices de que se haya hecho justicia y no hayan encarcelado a su líder. Al final, no querían cambiar el país sino que siguiera siendo el de antes de los ochenta.

Fuente: http://atrabilioso.blogspot.com/

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