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viernes, 26 de agosto de 2011

Cultura mafiosa y cultura universitaria







Por Jaime Ruiz

Mucho se ha hablado últimamente de la "cultura mafiosa", a la que se atribuyen todos los problemas del país. Según Alejandro Gaviria, sería más provechoso analizar la "cultura de la cultura mafiosa". Sobre esa ideología trata este artículo. Una cita muy divertida de un académico parece resumir la cuestión:
Estoy convencido de que el imperio de una cultura mafiosa en el manejo de los dineros públicos en sectores claves de la sociedad, la corrupción generalizada y cínica de una buena parte de nuestros políticos y las prácticas del soborno extendidas entre el empresariado privado son derivaciones del dominio del narcotráfico sobre nuestra economía y de los valores y modos de ver el mundo que acompañaron su increíble auge en la Colombia de los años setenta y ochenta.
Lo que parece molestar a Gaviria es más bien la generalización y como frivolidad del dicho, no el hecho fascinante de que se considere el tráfico de drogas la causa de la corrupción y no su consecuencia, idea que en cierta medida comparte.

Antes de seguir conviene detenerse en la cuestión esencial: lo que llaman "cultura mafiosa" es el uribismo. Su opuesto es la cultura universitaria. Se puede detectar con absoluta claridad en esta perla de
Alfredo Molano, que no por nada era durante los noventa el líder indiscutido de la universidad colombiana. Pero también en la producción de sus herederos, como Reinaldo Spitaletta o la nunca bien ponderada Natalia Springer, por no hablar del más dulce y sabio de todos los maestros de moral (también profesor universitario), Ramiro Bejarano. Las quejas contra la ostentación de los nuevos ricos son las rutinarias protestas de todas las jerarquías desplazadas o amenazadas, y el escrito de María Jimena Duzán sobre Carlos Mattos es un ejemplo patente. La ilegalidad o criminalidad no importan, en tal caso habría algún reproche a las organizaciones terroristas, que son en esencia una expresión de la universidad y cuyas proezas contaban con el aplauso entusiasta de Molano, y un poco más matizado de los demás críticos de la cultura mafiosa, en una variación de tonos que llega hasta el silencio de Gaviria, a fin de cuentas otro exponente de la cultura universitaria.

Picaresca y mafia
Esa disposición a despreciar el dinero en defensa de la calidad de las personas es como un resabio del Barroco y la Contrarreforma, y si bien en la Colombia de las últimas décadas se usa para resistir el ascenso de paisas, finqueros y gente sin relación con las castas favorecidas, por entonces tenía mucho que ver con las persecuciones antisemitas. Son numerosas las obras que aluden al tema, como la letrilla de "
Poderoso caballero es don Dinero", de Quevedo. Este autor también reseñó la figura del "pícaro", el superviviente desarraigado e inescrupuloso que caracterizaría todo un género literario y que siempre tuvo herederos en Hispanoamérica. El mismo Borges alude a la "viveza forajida" como un valor de aquellos a quienes condena.

De tal modo, la "cultura mafiosa" con que la universidad pretende identificar el uribismo es una queja de todas las generaciones. Baste recordar las protestas de Alberto Lleras contra los avivatos. Lo interesante son los corolarios que acompañan a la definición de los universitarios: en el cajón de sastre de la "cultura mafiosa" entra todo aquello que molesta al gremio, pero apartando esos rasgos es posible contemplar lo que lo define.

La mafia propiamente dicha surge como remanente del feudalismo y florece en Sicilia ante la ausencia de Estado: los viejos poderes locales persisten y cobran contribuciones que unas décadas antes serían legales. Diversos factores culturales y políticos determinan que esa "industria" de la protección persista y se amplíe, aun entre los emigrantes sicilianos. El crimen organizado en Colombia tiene un origen diferente, aunque las coincidencias con el catolicismo y la prevalencia de las lealtades familiares dieron lugar a procesos parecidos.

La relación del crimen organizado con el uribismo es un típico invento de la universidad, ella sí profundamente relacionada con la industria del secuestro y el tráfico de cocaína, como se demuestra pensando en tantos profesores que reclutan estudiantes (caso de Miguel Ángel Beltrán) o que viven dedicados a legitimar a las bandas de asesinos (como Francisco Gutiérrez Sanín y muchísimos otros). En términos sociológicos, la cultura universitaria se presenta como cierta mesura en el consumo (toda vez que el típico doctor no sólo no podría competir con los lujos que se pagan los delincuentes, sino tampoco con los de ningún empresario afortunado), cierto gusto refinado (que en la dimensión local más o menos llega al nivel de Fruko y sus Tesos), etc. Es decir, lo mismo que caracteriza en todas partes a las clases sociales descendentes asustadas por la disolución de las jerarquías, si bien la espiritualidad y cultura de los rumberos guevaristas como ejemplo aristocrático parece concebida para demostrar que la vida colombiana es como una representación de la humanidad por una compañía de babuinos.

En cambio, ¡qué claros son los límites de la cultura universitaria! Después de que durante varias décadas los estudiantes clamaban por la lucha armada, de forma unánime en la Universidad Nacional y otras públicas, ahora resultan todos amables pacifistas partidarios de que se dialogue y se busque la reconciliación. Tras el sonoro fracaso del comunismo soviético y la patente ruina de Cuba, se busca el sueño del populismo chavista, disfrazado por un tiempo cuando Chávez amenazaba a Colombia pero cada vez menos. La ilusión del fracasado socialismo europeo como modelo sigue siendo hegemónica; no en balde Gustavo Petro afirmaba hace un tiempo que el socialismo se descalificaba en Hispanoamérica llamándolo populismo.

Burocracia y rentismo
La única industria eficiente que ha producido la universidad colombiana es la industria del secuestro. Fuera de eso, el horizonte profesional de los titulados es la burocracia, sobre todo la burocracia universitaria, toda vez que el esfuerzo de "educación" siempre demanda más y más recursos, y a fin de cuentas a nadie le sorprende que pese a tantos millones de titulados sea imposible encontrar un tornillo de buena calidad fabricado en el país. Las limitaciones de productividad de los funcionarios se suplen con la grata verificación de sus altas miras morales, demostrables en su adhesión a los "derechos" que proclama la Constitución de 1991, o en la envarada sed de justicia que lleva a Gaviria a asegurar que el magistrado Fierro no prevaricó enviando con pretextos indecentes a Andrés Felipe Arias a prisión y a un "jurista" de su misma universidad a
protestar indignado porque el ex ministro no fuera enviado a la Picota.

Es decir, lo que la universidad expresa con su supuesto clasismo y su supuesta superioridad moral es la defensa de una posición de privilegio para los grupos relacionados con ella. Hay dos rasgos que me llaman poderosamente la atención y que muestran la coherencia de ese discurso, la afinidad profunda entre Beltrán y Gaviria. Uno es la rabia por las exenciones a la inversión durante el gobierno de Uribe. El otro, la rabia por las inversiones en el Sena. En ambos casos, la gente que no comparte los tics de las clases altas locales resulta beneficiada, y eso se percibe como una invasión de la mafia (es decir, de la gente que no está de parte de los secuestradores).

La mayor parte de las personas que estudian en el Sena buscarán trabajo en proyectos productivos ajenos al Estado. Su formación, así como su cantidad, resulta útil a las empresas, cuya expansión resultaba además favorecida por las exenciones. Todo ese montón de mafiosos resultaban en últimas amenazantes para los burócratas o proyectos de burócratas, que prefieren tenerlos como víctimas a las cuales proteger entablando pleitos contra "el Estado", o a las cuales movilizar para reclamar derechos cada vez que la carrera política de algún líder universitario lo requiera. De ahí la histeria con la cultura mafiosa.

El proyecto colectivista
Colombia es diáfana: el orden de esclavitud que predominó durante tres siglos persiste usando nuevas máscaras, ya que la encomienda resulta impresentable en el mundo de hoy. La dominación se perpetúa a través de la retórica colectivista, y la acción de tutela, impuesta por los terroristas del M-19 (que procedían del PCC y no de la Anapo como pretende la propaganda) es un ejemplo típico: los recursos están en manos del funcionario, que concede "derechos" (o los hace tangibles, lo cual es lo mismo) a la medida de su interés o aun de los incentivos que reciba. En últimas, hay colectivismo porque hay dominación, y ésta es a aquél lo que el instinto sexual es al erotismo.

Voy a citar unas cuantas perlas de un decano de Economía para que se entienda cuál es el proyecto que comparte la universidad, sea con estridencias farianas, sea con comedimientos tecnocráticos. Salomón Kalmanovitz publicó un
artículo evaluando el primer año de Santos. Muchas son las cosas que habría que comentar, pues el nivel de la argumentación permite figurarse la enseñanza que se imparte en las universidades colombianas, pero sólo voy a prestar atención a la cuestión tributaria.
Pero el desequilibrio fiscal es estructural y no parte tanto del gasto público, sino de los tributos. En mala hora, hace 25 años el Congreso decidió que los propietarios de las empresas y de portafolios financieros no pagaran impuestos sobre sus dividendos y sobre intereses, aduciendo que había doble tributación, lo cual no era cierto. Las exenciones se han seguido introduciendo de manera desordenada, lo cual ha deteriorado el impuesto de renta, haciendo reposar el recaudo en los impuestos indirectos que pagan los que menos capacidad económica tienen de hacerlo.
La primera parte, por no hablar del párrafo anterior, en el que se dan por sobreentendidas las decisiones de las cortes en materia de gasto, muestra cómo se "razona" en el medio universitario colombiano. ¿De qué modo un desequilibrio fiscal es estructural sin partir del gasto público? Se parte del sobreentendido de que éste debe aumentar. ¿Por qué? Porque es lo que permitirá asegurarse rentas a los alumnos de Kalmanovitz. ¿No habrá países en los que se piense más bien en reducirlo? ¿Cómo puede haber un desequilibrio que parta de los tributos y no del gasto? Los lectores forman parte de la masa colectivista, no en balde son parásitos, como sus padres y abuelos. Pero en definitiva se dice que los impuestos que pagan las empresas deben aumentar para corregir el desequilibrio fiscal. Es decir, esa decisión no se presenta como una opción política, sino como una exigencia técnica. El socialismo está sobreentendido.

Pero la parte final del párrafo es realmente prodigiosa, y eso viniendo de un decano de Economía describe a la perfección al país. ¿Cómo que los impuestos indirectos los pagan los que menos tienen? ¿Pagan más IVA los que buscan comida en la basura que los que se desplazan en automóviles BMW, como muchos profesores? Es una noticia sumamente interesante.

El colectivismo como forma de vida tradicional es evidente en
la forma de pagar impuestos en Colombia, pero no para quienes no conocen otro país. De lo que se trata es de despojar al que trabaja y produce, exactamente como en la encomienda. El interesado puede comparar lo que paga de impuestos una empresa manufacturera de cualquier tipo en Colombia y en un país europeo de "Estado de Bienestar", así como lo que paga un funcionario público que se gane diez veces el sueldo medio del país (para el caso, los profesores de universidades privadas serían lo mismo, pues dichos centros tienen prohibido el lucro). La comparación es escandalosa, los impuestos que pagan los asalariados ricos en Colombia son ínfimos y los de las empresas son altísimos.

La primera mentira corresponde a lo que se pague por IVA. Pero una mentira tan tosca y ridícula escrita por un decano de Economía da una idea de la calidad intelectual de los enemigos de la cultura mafiosa. "Los que menos capacidad económica tienen" son los asalariados ricos, que sólo en los pantalones de marca Levi's auténticos pagarían más IVA que una persona miserable en varios meses. El afán de poner la carga tributaria sobre los empresarios es sólo el de proteger a la casta universitaria o parásita.

Pero no faltará el que razone que está bien que se cobren impuestos a los empresarios. ¿Acaso no los pagarían si a todas las personas adineradas se les cobrara según su ingreso como en los países civilizados? Además de este impuesto general sobre la renta de las personas físicas, hay un "impuesto de sociedades", que es lo que en Colombia se llama "impuesto de renta". La carga tributaria no afecta a las ganancias de los inversores, que la trasladan al precio o a los salarios. Sólo que en negocios que no ofrecen una rentabilidad alta no invierten, y es lo que se consigue cobrando impuestos altos a las empresas: desanimar la inversión y reducir así los ingresos y las oportunidades de los asalariados productivos. A la burocracia eso no la preocupa en exceso, pues los ingresos del Estado cada vez dependen más del subsuelo, y la miseria generalizada asegura mayor provisión de servicio doméstico barato.

Es decir, la ridícula cháchara de Kalmanovitz sobre "los que menos tienen" y la queja, que comparten los demás decanos, sobre las exenciones a la inversión, son sólo pretextos para impedir que los "mafiosos" (es decir, el tipo de gente productiva que suele apoyar a Uribe) disputen la supremacía al grupo de poder colectivista con que está relacionado el decano.

Fuente: Atrabilioso.blogspot.com

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