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viernes, 17 de junio de 2011

Y después de la paz, ¿qué?


Por Jorge Monroy

Es inevitable. Para Juan Manuel Santos la criminalización y estigmatización social del uribismo es un imperativo categórico. Las razones ya han sido aquí descritas: 1. Juan Manuel necesita crear un santismo, 2. Es preciso frenar las críticas a un eventual proceso de paz y criminalizar a los opositores, y 3. Construir una plataforma de apoyo al chavismo (cosa que nos costó la relación con el mejor amigo). Las apuestas ya están sobre la mesa: la negociación con las Farc se hará (o se está haciendo) en Venezuela, o Cuba de espaldas al pueblo colombiano. Para eso la aplicación de la ley de víctimas será de vital importancia para hacer fluir los recursos utilizando solo pruebas sumarias. El abrazo hipócrita (o tal vez sincero) con Hugo Chávez, María Emma Mejía en Unasur, la doble apuesta de Vargas Lleras en el ministerio, todo ya está jugado. El premio: una paz al estilo M-19, una constitución al estilo Pablo Escobar y la reforma del Estado a partir del error que ha generado toda la violencia en Colombia: la ausencia del Estado.

La pregunta que me quiero plantear en este momento, parte de una inquietud que me queda después de ver la indescriptible respuesta de Armando Benedetti al negar a Álvaro Uribe en el Partido de la U. Para aquellos que no sepan, el senador afirmó con todo el cinismo que le compete que la U es de Santos y no de Uribe. Después de esto me pregunto, ¿y después qué? ¿Qué pasa si todas las apuestas políticas de Juan Manuel Santos salen adelante? ¿Cuál sería el papel del uribismo en ese nuevo orden colombiano? Y aún más allá, ¿cómo sería esa sociedad?

Quisiera empezar a responder estas preguntas una a una. Sin embargo, el argumento inicial de esta disertación es el siguiente: No es cierto que los uribistas no queramos la paz. Es totalmente lo contrario, sin embargo el camino que escogimos para alcanzarla subsana la ausencia del Estado, la cual consideramos como el inicio de toda violencia. Para nosotros, el ejercicio de la autoridad es mucho más que un ejercicio meramente guerrerista, es un ejercicio que es una condición completamente necesaria para la creación de un Estado.

Partamos de una premisa: Colombia fue un estado fallido. Lo fue cuando no se podían garantizar libertades y derechos a toda la sociedad por igual. Esto significa que antes de Álvaro Uribe Vélez nuestro país estaba sometido a un sistema feudal, en el cual cada grupo de personas que tenía un poder de fuego suficientemente fuerte, ejercía el control en pequeños espacios físicos del territorio. En el momento en que se decide unificar todos estos feudos, es el momento en que Colombia se consolida como un Estado, mientras que antes los presidentes que creían ser los gobernantes de todo el país solo gobernaban para un grupo de personas en Bogotá.

En este contexto, la pregunta que debemos hacernos entonces es: ¿qué pasa si todo sale como Juan Manuel Santos ha apostado? Para responderla debemos tener claras sus apuestas. No sin antes caracterizar al jugador: El presidente es una persona que a lo largo de toda su carrera se ha caracterizado por dos cosas: una, que es un frio calculador, y que solo se es leal a sí mismo. Su inteligencia y perfecta capacidad para sortear las crisis es por demás remarcable. Así pues, es difícil considerar que no haya calculado algún riesgo, y que no tenga ya un plan de contingencia para él. Sus apuestas son claras y su premio es la paz. Para ello apostó lo más importante que puede tener un presidente de un país: absolutamente todo su capital político. Sin embargo, se aseguró primero de embrujar las maquinarias políticas bajo el hechizo de la unidad nacional. Para ello no escatimó esfuerzos, y al mejor estilo de los presidentes del pasado utilizó todo su poder para hacer creer a los más fuertes uribistas que él seguiría de su lado, y a los maleables, que el santismo ofrece mejores retribuciones que el uribismo. Por otro lado, y como podemos ver día tras día con el nuevo amanecer de las Farc, Juan Manuel Santos apuesta su futuro político, la estabilidad general y la posición estratégica del campo militar de largo plazo. Ojalá note el lector que para una ambición personal el presidente nos apostó a todos. Además, apostó su reelección al nombrar en la cartera política a su antiguo enemigo de campaña Germán Vargas Lleras. Como si esto fuera poco, apostó la relación con los sectores americanos que sostienen cosas como el Plan Colombia y las ayudas militares, y la confianza inversionista, entregándose por completo a la agenda chavista en la región. Para este momento el lector habrá podido entender que tiene el país que perder un capital muy fuerte, irrecuperable e irrepetible. ¿Pero qué pasa si a Santos le va bien? Respondamos esta pregunta desde tres argumentos clave.

Para las Farc una entrega de armas está por fuera de contexto, y Juan Manuel Santos lo entiende. Lo mínimo que esperan es lograr una constituyente. En ésta, muchos de los postulados de las Farc terminarían rigiendo a Colombia, lo cual sin duda alguna generaría un ambiente contrario a la inversión, y al ambiente de buen clima de los negocios que vive Colombia gracias al gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Esto también implicaría que muchos de los terroristas dedicados al secuestro de civiles con fines extorsivos, fleteo, extorsión, narcotráfico, reclutamiento forzado de menores, violaciones, crímenes de guerra, entre miles de diferentes crímenes imputables a su accionar, terminarían con una curul en el Senado, en la Cámara, o posiblemente en la presidencia de la República.

En segundo lugar, si se logra la paz de esta forma en nuestro país, la ley de víctimas habrá logrado silenciar eficientemente a todas las víctimas de las FARC, y lo que es peor, aquellos antiguos terroristas tendrán un censo de todas las personas que tienen conocimiento de todos sus crímenes. Por otro lado, muchos sectores de la fuerza pública que durante generaciones vivieron y murieron combatiendo a las FARC, van a generar tensiones sociales al tener que usar su trabajo para defender a quienes hasta hacía un tiempo les sembraban minas antipersonales. Miles y millones de víctimas tendrían (al ver que el Estado se rinde finalmente frente a las armas) la motivación de tomar la justicia por su cuenta.

Por último, la relación con el chavismo, el costo en confianza inversionista, el impacto económico de una nueva constituyente y las amplias heridas abiertas en una sociedad que entiende que el Estado no ejerce su defensa, tendrá todas las condiciones para mutar la violencia a nuevamente bandas criminales que posan de ideólogos, y el problema se reproducirá nuevamente

En conclusión, si las apuestas de Santos salen como él tiene planeado, nuestro país retrocederá en el tiempo a 1980 y todo el capital económico acumulado producto de hacer fuerte un Estado, se habrá perdido.

Un problema adicional: los uribistas somos un obstáculo para la paz de Santos. Por lo tanto debemos esperar que la criminalización sistemática y mediática que se cierne sobre nuestras ideas se haga cada vez más fuerte. Nuestro calificativo de manos negras no termina aquí, pues para cuando se imponga un nuevo orden constitucional, serán aquellos quienes estuvieron al borde de la derrota militar quienes ostenten todos los organismos de control y de poder del Estado. Uribistas, cuando todo está en juego, a veces es mejor mostrar las cartas.

Fuente: http://atrabilioso.blogspot.com/

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