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jueves, 11 de agosto de 2011

¿A quién sirve la agenda conservadora?



¿A quién sirve la agenda conservadora?


Por Jaime Ruiz

(Advertencia: El término conservador se usa en esta entrada en alusión a la ideología conservadora, tradicionalista o de derecha, no al Partido Conservador Colombiano.)

Irrealidad
De muchas formas se puede percibir una profunda inclinación de los colombianos a evadirse de la realidad, la cual es mucho más notoria cuanto más alto sea el rango social y el arraigo en la vida urbana. Para alguien que vea Google Maps casi toda Sudamérica es una serie de enclaves en medio de la selva infinita. Para la mayoría de los colombianos esa selva es un decorado ajeno a la verdadera vida, que conciben como las series de televisión que ven. De ahí que sea imposible convencer a los académicos de que las tendencias que la estadística marca en los países ricos no se pueden aplicar directamente a Colombia, o hacer comprender a cualquiera que en ningún país del mundo ha sido secuestrado uno de cada mil habitantes. Ni muchísimo menos. También la miseria y el atraso del país se olvidan continuamente, así como su inserción en el mundo globalizado. Cada uno está obstinado en su manía y en medio de eso la expansión chavista avanza minuto a minuto, tanto en la reconquista del territorio por las tropas de niños y rústicos como en la compra de voluntades de jueces, políticos y periodistas para que ayuden a perseguir el uribismo, formando con ese fin un amplio espectro en el que los que no son abiertamente solidarios con el grupo de Piedad Córdoba lo son con aquéllos: callan, olvidan, se distraen. No digo que todos estén pagados; la singularidad colombiana hace que proliferen los canallas desprendidos, sobre todo cuando su desasimiento los libra de la intimidación y asegura sus carreras o su sensación de ascenso social en medios dominados por la oligarquía y la casta sacerdotal que la sostiene.

Izquierda y derecha
La realidad es el descenso acelerado hacia un régimen chavista y la distracción al respecto depende de la ideología. Los tradicionalistas aprovechan cada crimen de las guerrillas y cada iniquidad de los jueces para desprestigiar a la izquierda, y en tan hermoso tránsito las ideas liberales y modernas resultan emparentadas con las de los sicarios judiciales o las de los niños del servicio doméstico armado del profesorado universitario. ¿Qué importancia va a tener el golpe de Estado de Santos y la desmoralización militar en comparación con los caprichos libertarios de la juventud? ¿Qué monstruosidad especial van a ser las personas bomba cuando se han despenalizado ciertos casos de aborto, tal como ocurre en la mayoría de los países en que no ha sido secuestrado ni un ciudadano de cada millón y en los que la posibilidad de ser solidario con quienes usan personas bomba, o con quienes son solidarios con ellos, es tan remota como la de poner asaderos de gente en las carreteras? A los godos y reaccionarios no les molesta tanto lo que ocurre en Colombia como el mundo moderno.

Guerra contra la Ilustración
Tras el siglo XVIII o Siglo de las Luces se suprimió el Tribunal de la Inquisición y la fe religiosa retrocedió en la mayoría de los países europeos y americanos. Lo que determinó la persistencia de la mentalidad contrarreformista en los países andinos y centroamericanos fue sobre todo el aislamiento. Ese aislamiento tiene mucho que ver con la violencia, pues los viejos valores, sobre todo aplicados a la realidad de exterminio, saqueo y esclavitud de los aborígenes, generaron una especie de "cultura de los Soprano" que es la primera causa de los altos niveles de homicidios y demás delitos. El proceso de integración mundial de las últimas décadas va acompañado de un claro retroceso del orden de la época colonial, lo que determina por una parte la desesperación de los tradicionalistas y por la otra la reacción de las castas superiores contra el modelo capitalista-liberal, que es lo que está detrás de la rebelión comunista. La esperanza de que en medio de la bajeza, la venalidad, la crueldad y la mentira vayan a surgir corrientes reaccionarias que devuelvan la fe al mundo no es en últimas más que provincianismo.

La vida humana es sagrada
Un buen ejemplo de ese estado primitivo de la vida colombiana es la campaña presidencial de Antanas Mockus, jaleada por abiertos promotores del asesinato en masa como León Valencia, Sergio Otálora o Antonio Morales Riveira, cuyo lema era "La vida humana es sagrada", mantra que parecía pura nostalgia de la época hippie. ¿Qué significaba eso? No que las bandas terroristas debían dejar de matar gente, sino que el candidato rival no merecía votos porque unos subalternos remotos habían cometido asesinatos de inocentes. Hay algo subhumano en tanta desfachatez.

Pero los conservadores no se distancian mucho. ¿Qué quieren decir cuando hablan de "proteger la vida"? Lo que quieren es que encarcelen a las abortistas. Pero ni siquiera eso, pues todo el mundo cuenta con la ineptitud y corrupción del sistema policial y judicial. Quieren convertir ese tema, explotando toda clase de elementos gore, en un baluarte contra la influencia de la mentalidad de los países desarrollados en la reserva espiritual del papismo. No es complicado darse cuenta de que las leyes punitivas no disuaden a quienes abortan sino que multiplican el peligro para las madres. Para evitar la trituradora de niños sería útil la llamada píldora del día después, pero ahí entra la noción del embrión como ser humano pleno, invencible por cualquier argumento de razón, y entonces la píldora abortiva resulta hasta peor que el infanticidio mismo porque ofrece menos elementos gore para redimir a las almas extraviadas.

Pero aun, dado que el ser concebido es una persona completa desde que se forma el cigoto, ¿por qué no impedir que se forme para que no tenga lugar ese genocidio de los abortos? Nadie los va a ver en semejante campaña contra la castidad, al contrario, los anticonceptivos (por mucho que ya no hagan ruido sobre eso, tal como no lo hacen sobre el divorcio) siguen siendo un crimen para ellos, y no se debe pensar que van a ayudar a promover el libertinaje. Y no es que la castidad no sea una opción respetable y que podrían recomendar, que es como si aparte de cruzar las calles sólo con el semáforo en verde se comprara un seguro de vida. Es que la lógica de verdugos no pretende reducir los abortos ni los encarcelamientos sino preservar el mundo de valores en que el ejercicio libre de la sexualidad iba acompañado del castigo por ser un pecado y la gente temía lo que anunciaban los sacerdotes. Un universo moral que en los países desarrollados se recuerda como rasgo de épocas de oscurantismo, ignorancia y aun opresión. Como la España de Franco o la Italia de Mussolini, o como los siglos de Inquisición.

Y tampoco es que el aborto debamos tomarlo sin ninguna reserva moral, como pretenden los "progresistas", para los que el "derecho" a abortar se vuelve una bandera muy útil. No sólo la impunidad, sino también la posibilidad de exigir que los demás paguen la operación. Sencillamente, el aborto no puede ser pretexto ideológico, y se lo combate con condones y otros anticonceptivos, o con píldoras del día después, y no con encarcelamientos ni con la pretensión de que el Estado castigue los pecados que concibe la religión.

(Ni se me ha ocurrido mencionar la hipocresía: ¿cuántas damas acomodadas y conservadoras han tenido hijos en la adolescencia? Asombrosamente, todas observaron una castidad perfecta, y aun la observan después de casadas.)

Marica el que se case
Otro tema de esa resistencia del pasado es el del matrimonio entre personas del mismo sexo. Por mucho tiempo critiqué las reformas que los permitían porque el Estado no es quién para cambiar el diccionario. Después me di cuenta de que, al igual que con el aborto, la casta burocrática encuentra en esa absurda reivindicación (resumida por un tuitero en la frase del subtítulo), una forma de buscar apoyos y clientelas a las cuales "proteger". Pero la discusión sobre el término es demasiado sutil para el medio colombiano, en el que predomina la hostilidad brutal contra los homosexuales y aun la noción de que serlo es peor que matar gente. Las prácticas sexuales de ese tipo eran normales en el mundo grecorromano, y aun tenían algún uso pedagógico. Tras la implantación de las religiones monoteístas surgidas del judaísmo fueron perseguidas, según las épocas y los países, pero en general en Europa y Norteamérica se han ido aceptando desde comienzos del siglo pasado. No así en los países musulmanes. En Colombia hasta no hace mucho la sodomía se incluía en el Código Penal.

La tolerancia hacia la homosexualidad no va a dejar de aumentar, y en realidad es un rasgo de civilización. La violencia de los reaccionarios al respecto hace pensar que quieren un Irán católico hostil al resto del mundo. La resistencia a las leyes que implantan el matrimonio "igualitario" termina atrayendo a muchos retrógrados brutales que siempre forman las huestes de la gente más ignorante y grosera.

Dosis personal
Otro terreno de la lucha ideológica conservadora es contra la dosis personal de drogas ilícitas, también en una campaña cuyo objetivo viene a ser encarcelar gente, poner a la policía a perseguir otros delitos, como si no hubiera un drama terrible de impunidad e ineficiencia. De nuevo uno se encuentra con las ideas más increíbles. ¿Qué son las "drogas"? Sería bueno comparar el consumo de alcohol y el de marihuana y evaluar cuántas personas pierden el control de su vida por consumir uno u otro producto. ¿Cuántos accidentes de tráfico son provocados por la marihuana y cuántos por el alcohol? ¿Cuántos homicidios se cometen en riñas relacionadas con el consumo de alcohol y cuántas en situaciones parecidas causadas por fumar marihuana? ¿Cuántos episodios de violencia en el hogar? ¿Cuántas muertes son ocasionadas por el tabaco y cuántas por la marihuana?

Las respuestas convencionales son una serie de certezas absurdas cuyo fondo es que quienes pueden contestar a todo eso son quienes no saben nada de la marihuana. A todas horas uno lee cosas así y siente verdadera tristeza. ¿Qué decir de las demás drogas ilegales? Todas resultan iguales, un infierno sobre el que cuanto menos se sabe más se vive, como en el dicho de los mafiosos.

Una certeza absoluta que ni vale la pena mencionar es la que establece una relación causa-efecto entre la "droga" y la delincuencia. Vendría a ser como creer que la ingesta de quesos fuertes favorece la difícil pronunciación de la lengua francesa, cosa que también se podría comprobar a todas horas. Claro que en toda Europa occidental la mayoría de los jóvenes toma alguna vez drogas ilegales y son muy escasos los que deciden dedicarse a atracar a los transeúntes, pero ¿quién va a creer algo así? El que se viera expuesto a esa información, recordaría el nivel de vida, como si a cualquiera que crezca en Europa le sobrara el dinero. O como si en Colombia la delincuencia no existiera en la época en que casi no se consumía marihuana.

La cuestión de la legalización completa del comercio de drogas es bastante más complicada, y ya he explicado muchas veces que se usa en Colombia como recurso legitimador de la industria y las mafias. Pero la obsesión con las políticas represivas del consumo hacen pensar en gente que se sentiría mejor en Cuba o en Irán que en Europa occidental.

Crueldad a toda costa
Otro ingrediente característico de la agenda conservadora es la obsesión con la dureza de las penas. Tiene algo casi cómico la ostentación de pureza y rectitud mezclada con esos rasgos de crueldad, como si se mejorara el rango mostrándose en extremo severo. ¡Cadena perpetua, pena de muerte, son cosas que uno lee cada día! El problema propiamente dicho de la impunidad y la ineficiencia policial y judicial no mueve pasiones en comparación con la idea de castigar duramente a alguien, incluso sin preocuparse de que muy probablemente los castigados serán inocentes. La caridad de estos cristianos cede ante el afán de crear parias respecto de los cuales sentirse como virreyes delante de indios salvajes: fumadores de marihuana, homosexuales, abortistas e infractores de la ley, qué pequeños y despreciables resultan enfrente de las personas como Dios manda, que a menudo se emborrachan y maltratan a la mujer, pero que forman parte de la comunidad prestante. También es un ámbito en el que las personas humildes se sentirán amenazadas, pues muchos casos se han visto de castigo a inocentes y los infractores castigados (y obviamente sus parientes, vecinos y amigos) suelen formar parte del pobrerío, a diferencia de los envarados entusiastas de la severidad. Más apoyos para los demagogos chavistas.

¿Para quién trabajan?
Como ya he señalado, la obsesión por estas cuestiones de las personas tradicionalistas muestra su ceguera política (realmente no le dan importancia a las aventuras de Santos ni al renacer de los terroristas), y aun su estrechez de miras en materia moral, pues reducir los abortos, que debería ser un objetivo acorde con sus creencias, no se conseguirá con campañas engañosas y chantajistas por el encarcelamiento de quienes los practican. Lo más grave es que siendo una parte importante de la sociedad amenazada por el ascenso del chavismo, hoy aliado con la oligarquía bogotana contra la que vociferaba antes el sátrapa, terminan generando una mixtificación respecto a lo que enfrenta a los colombianos: como su propuesta es el enfoque represivo, regalan a los chavistas el enfoque permisivo, que ni tontos ni perezosos aprovechan gracias a que el rigor de los colombianos no da para detenerse a pensar en la suerte de los homosexuales y consumidores de marihuana bajo el régimen cubano. En todo caso, los estudiantes, para poner de ejemplo a un grupo nutrido, no se van a poner de parte de quienes creen que todo el que ha fumado marihuana es adicto (opinión unánime de todos los conservadores) y mandará policías a esculcarlos a ver quién lleva marihuana. Se pondrán en contra, con toda seguridad, tal como hay una mayoría de homosexuales que votan por las listas de Piedad Córdoba o de Gustavo Petro, tal vez en espera del paraíso cubano. Son sectores de personas más bien jóvenes, con más instrucción, más dispuestas a votar y participar en política y con más capacidad de influir entre los demás. Por tanto, con más proyección: una base social que los totalitarios ni soñando habrían encontrado.

Eso mismo se detecta en todos los frentes y uno empieza a pensar que por una parte el rechazo a las FARC y el ELN les sirve a los tradicionalistas para convocar a una mayoría más bien dudosa, sin que les importe demasiado contener a los terroristas. Y por otra que los reaccionarios verdaderamente eficaces son los castristas: en Cuba a nadie se le ocurre pensar que su sexualidad o sus formas de divertirse son privadas sino que se acostumbran a obedecer a la autoridad. Tal vez unos y otros encontrarán un híbrido colectivista en el que la autoridad completa sobre cada persona la ejercerán ministros bendecidos por Roma. No sería tan raro, ¿o a alguien le inquieta que ningún católico diga nada de que un asesino como Javier Giraldo (o como el cura Pérez, o como el mismo Camilo) nunca haya sido rechazado por la Iglesia? De hecho, ¿no es de la mentalidad católica de donde viene la vida colombiana?

Los que quisiéramos un país que se fuera asimilando a las democracias liberales de Europa y Norteamérica debemos pensar en formar una mayoría que haga frente al chavismo. Las banderas de esa mayoría tienen que ser la democracia, la libertad y el derecho, y por tanto en ella tienen que caber todos los sectores sociales amenazados. Cada día que pasa me resulta más claro que la agenda tradicionalista de muchos sólo sirve para legitimar a los chavistas, para que su inepta y corrupta dictadura se "venda" como modernización, tolerancia y apertura. Y que siendo ambos sectores resistencia del viejo orden que permaneció gracias al aislamiento, terminarán entendiéndose.

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