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miércoles, 31 de agosto de 2011

Que no nos quiten el derecho a la derrota del terrorismo








Presidente Santos, estábamos logrando el debilitamiento de los grupos terroristas con la aplicación correcta de la política de seguridad democrática; el cambio de discurso y la apertura de la puerta a diálogos con violentos ha confundido a la tropa y a su pueblo. Hoy se habla de posibilidad de diálogos de paz con grupos terroristas que no han hecho otra cosa más que intensificar sus ataques para justificar una posición fuerte en una posible mesa de diálogo. Parece que el presidente Juan Manuel Santos no se está dando cuenta de cuánto daño le está haciendo esto al país y a él mismo. Colombia no tiene nada que negociar con terroristas, una negociación no podrá lograr que los autores de crímenes de lesa humanidad queden impunes. Tuvimos el político, tuvimos el líder que se arriesgó a proponer en el 2001 en su campaña a la Presidencia de la República, la lucha por la seguridad como camino a la libertad y a la democracia. Tuvimos el líder que ganó su primera batalla en las urnas, con un pueblo cansado de vivir en la oscuridad y en el más profundo sentimiento de desesperanza, tuvimos el líder que no sólo cumplió sus promesas de campaña, sino que creó, fortaleció y multiplicó sentimientos de cariño, respaldo y gratitud de un pueblo que volvía a tener esperanza gracias a sus políticas. Tuvimos a Álvaro Uribe, quien entendió y nos enseñó que lo único que sostiene la seguridad en una sociedad es una gran firmeza en la credibilidad de opinión. La mayoría del pueblo colombiano reconoce en Uribe al líder de masas, al líder de las coaliciones populares antes que al líder de las coaliciones políticas; pero esa coalición no se logró en un año ni en dos, fue un trabajo de ocho años en el que el diálogo abierto, sincero y permanente con su pueblo fortaleció la relación con los ciudadanos. Como dice el propio Álvaro Uribe, a él se le podrá criticar de no haber dialogado con terroristas sin voluntad de paz, pero jamás podrán decir que no dialogó con su pueblo. Se acabó la coalición que dejó Uribe entre la comunidad y el ejecutivo, se acabó la confianza en la lucha a la derrota del terrorismo.
30 de agosto de 2011

Que no nos quiten el derecho a la derrota del terrorismo


Por Erika Salamanca

Los problemas que enfrentamos hoy son tan serios, que nuestro país parece sufrir de cortas memorias. A los colombianos se nos olvidó la preocupación que tenía el mundo hace diez años por lo que podría pasar en nuestro territorio, la pregunta que se hacían los líderes del mundo no era si el gobierno de Colombia se iba a caer sino cuándo se iba a caer, y si sería la guerrilla o los narcotraficantes quienes tomarían el mando del país, al que tristemente se describía como Estado fallido.

Colombianos profesionales, ejecutivos, empresarios llenaban todos los días solicitudes de residencia en la Embajada de Estados Unidos en Bogotá. No había confianza en el país, el capital humano del que tanto necesita un Estado para progresar y desarrollarse estaba literalmente huyendo de Colombia. Recuerdo que el embajador Otto Reich, subsecretario de Estados Unidos para la región durante la Administración del Presidente George W. Bush, contó una vez que la Embajada Americana en Colombia llegó a recibir 180 mil solicitudes de residencia por año, sin contar con las solicitudes de visa de estudiantes, turismo y negocios. Si la Embajada Americana hubiese querido evaluar cada una de esas solicitudes, habría tenido que disponer de todo su personal exclusivamente a ello por no menos de diez años.

Los políticos del país jamás se atrevieron a proponer soluciones claras a la seguridad del país, no era una política fácil de cumplir por lo que se convertía en la peor arma de promesa de campaña y en la resignación inminente de los ciudadanos quienes en el fondo esperábamos a un político líder que fuera capaz de sobrellevar el riesgo de ser impopular por proponer lo que nunca otro había propuesto. ¿Quién iba a pensar que era posible ser protagonistas en la región y en el mundo de un cambio positivo y pacífico de un país en el que nadie creía? ¿Quién habría pensado hace diez años que nos desacostumbraríamos a la humillación en los puestos de inmigración en los aeropuertos del mundo cuando miraban nuestro pasaporte con desconfianza y nos recordaban al narcotraficante Pablo Escobar? ¿Quién se hubiera imaginado, por lo menos en mi generación, que creció todos los días con las peores noticias expuestas en periódicos, radio y noticieros de televisión, que en tan poco tiempo se pudiera cambiar la mitad de las noticias malas por noticias positivas y que el mundo estaría de acuerdo en decir que el único riesgo que tiene Colombia es quererse quedar allí, que Colombia es Pasión?

Tuvimos el político, tuvimos el líder que se arriesgó a proponer en el 2001 en su campaña a la Presidencia de la República, la lucha por la seguridad como camino a la libertad y a la democracia. Tuvimos el líder que ganó su primera batalla en las urnas, con un pueblo cansado de vivir en la oscuridad y en el más profundo sentimiento de desesperanza, tuvimos el líder que no sólo cumplió sus promesas de campaña, sino que creo, fortaleció y multiplicó sentimientos de cariño, respaldo y gratitud de un pueblo que volvía a tener esperanza gracias a sus políticas. Tuvimos a Álvaro Uribe, quien entendió y nos enseñó que lo único que sostiene la seguridad en una sociedad es una gran firmeza en la credibilidad de opinión.

La mayoría del pueblo colombiano reconoce en Uribe al líder de masas, al líder de las coaliciones populares antes que al líder de las coaliciones políticas; pero esa coalición no se logró en un año ni en dos, fue un trabajo de ocho años en el que el diálogo abierto, sincero y permanente con su pueblo fortaleció la relación con los ciudadanos. Como dice el propio Álvaro Uribe, a él se le podrá criticar de no haber dialogado con terroristas sin voluntad de paz, pero jamás podrán decir que no dialogó con su pueblo.

El presidente Uribe dejó un camino abonado a la nueva administración. Sin embargo, el trabajo que se hizo durante ocho años no fue suficiente, se dejaron las semillas creciendo, pero sin el cuidado de todos los días, como se hizo durante dos administraciones, es completamente inviable mantener el progreso y la viabilidad de proyectos que estábamos empezando a divisar en nuestro país.

No es cuestión de cambiarle el nombre a los programas del gobierno anterior, finalmente eso es lo de menos, y es el protagonismo lo que menos interesa cuando las verdaderas preocupaciones son sacar adelante a la nación. Sin embargo, aunque aparentemente hay cosas iguales con otros nombres, algunas, no lo son. Los colombianos que durante tantas décadas estuvieron olvidados en los rincones más escondidos del país, recuerdan con aprecio y gratitud las visitas que hacía Uribe y la oportunidad de participación y acceso que tenían en los Consejos Comunales, que se llevaban a cabo los fines de semana durante ocho años y alcanzaron un número de 306, sin contar con el sin número de consejos de seguridad, microcrédito, crecimiento económico y algunos con temas específicos. En conclusión, un gobierno comunitario con menos burocracia, más inversión social y más participación ciudadana.

Hoy en día, existen los llamados “Acuerdos para la Prosperidad” en los que han comentado algunos de sus asistentes, la comunidad no tiene posibilidad de participar activa y directamente porque todo se filtra a través de personas que tienen previo visto bueno para llevar la vocería. Así mismo, se han desarrollado los pocos concejos de seguridad del nuevo gobierno. La comunidad no tiene acceso a estos encuentros, la cercanía de la comunidad con las Fuerzas Militares y que se había dejado consolidada con una red de cuatro millones de informantes, parece ser mínima o casi nula. El pueblo colombiano ha ido perdiendo progresivamente la firmeza en la credibilidad, tal vez esa sea una de las principales razones por las que hemos visto que la política de seguridad democrática ha decaído a niveles que jamás hubiéramos pensado.

El nuevo gobierno, el gobierno del presidente Santos, debe oír a su pueblo. Se acabó la coalición que dejó Uribe entre la comunidad y el ejecutivo, se acabó la confianza en la lucha a la derrota del terrorismo. Hoy se habla de posibilidad de diálogos de paz con grupos terroristas que no han hecho otra cosa más que intensificar sus ataques para justificar una posición fuerte en una posible mesa de diálogo. Parece que el presidente Juan Manuel Santos no se está dando cuenta de cuánto daño le está haciendo esto al país y a él mismo. Colombia no tiene nada que negociar con terroristas, una negociación no podrá lograr que los autores de crímenes de lesa humanidad queden impunes. ¿Qué quieren las Farc? Será que sólo pasa por la cabeza de algunos pensar que lo único que quieren es lograr fortalecimiento tal cual lo hicieron en la Administración del Presidente Pastrana con la fallida negociación del Caguán?

Presidente Santos, estábamos logrando el debilitamiento de los grupos terroristas con la aplicación correcta de la política de seguridad democrática; el cambio de discurso y la apertura de la puerta a diálogos con violentos ha confundido a la tropa y a su pueblo. Los bandidos están felices, están confiados, tanto, que hoy volvemos a ver el resurgimiento de atentados a torres de energía perpetrados por el ELN, grupo del que ya poco se hablaba, y lo peor, están reviviendo grupos como el EPL quienes han tomado como bandera de sus actos criminales, la incineración de nuestros policías. ¿Vamos a esperar más tiempo cuando sigan resurgiendo las células de los grupos que ya dábamos por desaparecidos? Colombia reclama el derecho a la derrota del terrorismo con toda determinación y por la vía de la autoridad. Escúchenos.

Fuente: Atrabilioso

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