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martes, 26 de julio de 2011

El McVeigh nórdico

La noticia de la masacre noruega y de las motivaciones de su autor me hizo recordar el atentado de Oklahoma en 1995 y un artículo de Mario Vargas Llosa que parece haber sido escrito para la ocasión y que citaré en su totalidad comentando cada párrafo.
La bomba terrorista de Oklahoma que pulverizó un edificio público, causando decenas de muertos y heridos ha tenido, como uno de sus efectos laterales, revelar al mundo la existencia, a lo largo y ancho de Estados Unidos, de una constelación de sectas y grupos extremistas en guerra contra el Estado.Tienen nombres pintorescos, con ecos cinematográficos, como La Milicia de Montana, Policía contra el Nuevo Orden Mundial, Ciudadanos Unidos para Salvar la Constitución, Identidad Cristiana o Cuerpos Milicianos de Michigan, llevan una existencia semiclandestina, en una dudosa frontera entre lo legal y lo ¡legal, y muchos de ellos dan a sus miembros entrenamiento militar y almacenan armas, víveres y medicinas para resistir lo que consideran una agresión inminente de los Ejércitos del Estado centralista de Washington -o, peor todavía, de las Fuerzas Armadas de las Naciones Unidas- que acabará de una vez, por todas con la libertad y las garantías individuales consagradas en la Constitución estadounidense. Aunque algunas de estas organizaciones son racistas -como Naciones Arias o los Suprematistas Blancos- y otras integristas cristianas, por debajo de sus variantes y diferencias, el denominador común que las une es la desconfianza y el temor de un Estado que, a su juicio, ha dejado de servir al ciudadano común y se ha vuelto explotador y opresor.
Salvando algunos detalles como la fecha, el acceso a las armas y el entrenamiento militar en EE UU y la presencia de crecientes comunidades musulmanas en Europa, se podría simplemente poner "Europa" donde dice "Estados Unidos" y quedaría correcto. El enorme crimen de Breivik es expresión de un descontento creciente en muchas regiones de Europa, que surge tanto respecto del Estado como de la inmigración musulmana, que millones de personas perciben como una operación de conquista. La disposición de los colombianos ante dicha inmigración tiene mucho que ver con todo lo que rodea a la masacre de Utoya: les resulta tan grato ponerse de parte de los débiles y ejercer la tolerancia con lo que ocurre lejos de ellos (lo mismo que ocurre con los gitanos de Rumania) como... como... sí, exactamente como a millones de europeos, particularmente escandinavos, les resulta grato que los oprimidos andinos se levanten en armas para liberarse del yugo yanqui y de la oligarquía. Si la ultraderecha estadounidense está en contra del Estado, el caso de Breivik es más claro: a quienes fue a matar fue a los cachorros del Partido del Estado.
Sus militantes son, por lo general, granjeros, obreros, ex soldados, profesionales y pequeños comerciantes, casi siempre de pueblos y aldeas del interior, practicantes religiosos, y la participación femenina es importante. (Una de las más belicosas de estas instituciones, La Federación de la Justicia Americana, la lidera una abogada de Indianápolis, Linda Thompson). Se consideran ardientes patriotas comprometidos en una cruzada nacionalista, para salvar a Estados Unidos de su ruina y eclipse, maquinada por una siniestra conspiración de apátridas e internacionalistas, cuyas piezas. claves son las Naciones Unidas, la Trilateral (creada en 1973 por el banquero David Rockefeller e integrada por hombres de negocios y académicos de Estados Unidos, Europa y Japón) y la burocracia parásita de Washington.
En el caso de la extrema derecha escandinava lo que se ve naufragar es a Europa, y de nuevo está el cosmopolitismo (multiculturalismo, internacionalismo) como enemigo a batir. El fenómeno de fondo es la expansión del Estado a costa de la sociedad que lo crea.
Esta conspiración quiere disolver a la nación norteamericana dentro de un inhumano nuevo orden mundial cuyos hilos movería una mafia de poderosos banqueros y financieros sin Dios ni Patria, y regimentaría esa estirpe de subhumanos clónicos -los funcionarios cosmopolitas de las Naciones Unidas-, ávidos de reglamentar e invadir todas las esferas de la vida familiar e individual hasta crear un mundo sin libre albedrío, una humanidad de autómatas. Según su particular fobia o pánico, cada grupo y organismo percibe los avances de esta conspiración en la llegada de hordas incontenibles de inmigrantes hispánicos a Estados Unidos, en el envío de soldados norteamericanos a Haití y el África, en la elevación de los impuestos, en la subordinación de los tribunales estatales a los fallos de la Corte Suprema o en los intentos del Congreso de aprobar una ley federal prohibiendo a los particulares adquirir armas de fuego.
Funcionario cosmopolita de Naciones Unidas es el nunca bien ponderado Jan Egeland, cuya esposa es una importante figura del Partido Laborista, al que pertenecían la inmensa mayoría de las víctimas de Breivik. En toda Europa se ha hecho evidente el fomento de la inmigración como un recurso de los socialistas para expandir su exacción y su poder: en ciertos países el inmigrante se nacionaliza rápido y siempre vota por la izquierda. Es un progreso maravilloso que siempre tendrá de parte a los colombianos, especie particular de seres que siempre saben arreglar los problemas de los demás países, a los que colombianizarían si pudieran (mucha gente me cuenta que buena parte de la base social de Chávez está formada por inmigrantes colombianos). Las similitudes con los demócratas estadounidenses son muy marcadas: también el atentado de McVeigh tuvo lugar durante el gobierno de Clinton.
De una de estas sectas animadas por semejantes obsesiones y propósitos parece haber salido el misterioso ex sargento de infantería Timothy McVeigh, quien, ayudado por cómplices aún sin identificar, hizo estallar más de dos mil kilos de explosivos ante aquel edificio gubernamental de Oklahoma, provocando una catástrofe que, además de derramar mucha sangre inocente, ha hecho saber al pueblo estadounidense que el terrorismo no es un fenómeno exótico, típico de sociedades atrasadas y de religiones fanáticas, sino una plaga contemporánea cuyos virus pueden contaminar a todos los países, sin excepción, incluidos aquellos que han alcanzado un elevado nivel de desarrollo y parecen firmemente anclados en la cultura democrática.
La constelación de organizaciones de la extrema derecha europea es amplia, y sus banderas cada vez tienen menos que ver con el nazismo, como explica este artículo deThe Guardian. La gran diferencia entre Breivik y McVeigh es que casi todas las víctimas del primero eran sus enemigos políticos y no meros transeúntes.
La peor equivocación sería explicar lo ocurrido como algo excepcional, aislado y patológico, la obra de un demente al que las delirantes teorías de un grupúsculo excéntrico al tronco común de la sociedad norteamericana indujeron a ese acto irreflexivo. Desde luego que quien cree que poniendo una bomba que hará volar en pedazos a decenas o cientos de personas salva a la patria -o a la religión o a la libertad- no goza de un excelente sentido común ni de un equilibrio mental cartesiano. Pero tengo la impresión de que detrás de la anomalía singular que representa la horrible proeza de Timothy McVeigh hay unas ideas, actitudes, convicciones y un estado de cosas que concierne a un vasto sector de la sociedad contemporánea.
Hay que insistir en la precisión de Vargas Llosa. En este párrafo sólo hay que cambiar al autor del crimen para hacerlo completamente actual.
Mi impresión es que él y los comandos o grupos de milicianos que, de un tiempo a está parte, surgen en el interior de Estados Unidos en vociferante rebelión contra el Estado son una exacerbada deformación, un furúnculo nocivo, de un movimiento de raíces profundamente democráticas y libertarias, que, inspirado en la mejor tradición política de Estados Unidos, quiere emanciparse de un intervencionismo estatal creciente que ha ido asfixiando la iniciativa individual, y expropiando la libertad y el patrimonio de los ciudadanos con un sistema impositivo cuya proliferación cancerosa aparece, cada vez más, desde la perspectiva del ciudadano de a pie, como incomprensible y abusiva.
En Europa eso es muchísimo más grave, pues el Estado de los socialdemócratas despoja más que el de Obama y la inmigración musulmana es algo más violento para la sociedad que la de hispanoamericanos a EE UU (quienes la consideran una operación de conquista no son sólo los extremistas de derecha sino muchas personas de raíces musulmanas que detectan detrás de las hordas de paquistaníes barbudos y hoscos, que extrañamente siempre conocen el árabe clásico, la mano peluda de Al Qaeda). Quienes tengan interés en conocer qué respeto muestran los nuevos invasores por los países de acogida sólo tienen que leer la biografía de la ex diputada neerlandesa Ayaan Hirsi Ali o la de Theo Van Gogh, bisnieto del hermano del pintor.
La amplitud de este movimiento antiestatista y anticentralista, de raigambre esencialmente popular y provinciana, fue lo que permitió a los candidatos republicanos liderados por Newt Gingrich triunfar arrolladoramente en las últimas elecciones parlamentarias, y sus aspiraciones se hallan formuladas en el Contrato con América que los senadores y representantes elegidos se han comprometido a cumplir. Estas aspiraciones son sanas, pues reflejan ese sentimiento de orfandad que experimenta el ciudadano en cualquier país moderno ante un Estado cuya lejanía e indiferencia ante su situación particular le parecen cada día más grandes, a la vez que sus embestidas e intromisiones, en su vida privada, en forma de impuestos y reglamentaciones, le hacen sentirse, también cada día más, menos responsables, de su vida y menos libre.
Habría que añadir que en este siglo ese sentimiento halla eco en el Tea Party, y en Europa su expresión política ha avanzado mucho en los últimos años. El noruego Partido del Progreso, al que perteneció Breivik, combina esos valores: reducción de impuestos y burocracia, nacionalismo, rechazo al multiculturalismo, freno a la inmigración musulmana...
Este sentimiento de orfandad del individuo ante el Estado es hoy día universal, como consecuencia de la creciente complejidad de los mecanismos gubernamentales y el dédalo de reglamentaciones y leyes, pero, a diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos, la reacción frente a ese estado de cosas en la mayoría de los países no suele ser libertaria sino populista; es decir, pedir más dependencia, más servicios, más dádivas, ayudas, subsidios y excepciones o privilegios sectoriales (lo que, naturalmente, se traduce en más burocracia, más impuestos, más reglamentos y mayor gigantismo del ogro filantrópico). El Contrato con América propone el remedio acertado. No más dependencias, sino mayor independencia del ciudadano, quien debe recuperar buena parte de las iniciativas y responsabilidades que le han sido arrebatadas por el Estado paternalista. Para que éste funcione mejor, la sociedad civil debe crecer y aquél disminuir y concentrarse en las funciones que le son propias, como velar por el cumplimiento de la ley, el funcionamiento de la justicia y el orden público.
Vale la pena leer la información sobre el Partido del Progreso noruego para ver la familiaridad con el Contrato con América.
Es verdad que este movimiento, además de descentralista y defensor de la soberanía individual, en muchos lugares de Estados Unidos adopta también un carácter de cruzada religiosa, y que sus más efectivos promotores suelen ser los activistas de la llamada Coalición Cristiana y otros grupos evangélicos de base, movilizados para obtener que se permita la oración en las escuelas públicas o se restrinja el derecho al aborto. Y también es cierto que, entre estos últimos, hay gentes intolerantes y fanáticas que no vacilarían, si llegaran al poder, en impulsar políticas antidemocráticas. Mi impresión es que éste es un peligro remoto y que, en verdad, este rebrote de espiritualidad en el corazón provinciano de América del Norte es una respuesta, precisamente, a ésa sensación de vacío y desamparo en que la sociedad moderna ha ido dejando al ciudadano, a medida que crecía y se complicaba y sus rodajes e instituciones se volvían más esotéricos para la mujer y el hombre comunes. Y que, mientras el Estado preserve su carácter laico y no se ponga al servicio de una Iglesia, un alto índice de vida religiosa es provechoso para el conjunto de la sociedad y perfectamente compatible con el ejercicio de la libertad.
Lo mismo en Europa, sobre todo en la Europa cuya población comparte más raíces culturales con la Norteamérica profunda. El mismo entorno de Breivik es cristiano.
Pero queda todavía una incómoda pregunta. por absolver. ¿Cómo ha podido brotar en un movimiento fundamentalmente democrático y de entraña libertaria una excrecencia como la que representan esas milicias patrioteras, ultranacionalistas y, a veces, racistas, que se arman hasta los dientes y deliran preparándose para un apocalipsis que, en su paranoia, como lo muestra el estallido de Oklahorna, ellas mismas podrían adelantarse a provocar? La respuesta, de lúgubres resonancias, es que, en el sutil y escurridizo entramado de las ideas, nada se da con la rotundidad con que, por ejemplo, contrastan en el cielo el día y la noche, s¡no, a menudo, en confusas mezclas, y que no hay tesis, doctrina, teoría, pensamiento o moral que la complicada psicología humana no pueda desnaturalizar, sacar de su cauce lógico, instrumentalizar para que sirva de justificación o coartada a sus peores instintos. Es, desde luego, atroz, pero enormemente aleccionador, que la hecatombe de fuego en el centro de Oklahoma haya podido ser también, de retorcida manera, una hijastra de la libertad.
El caso de Breivik es más el de la rebelión de un individuo aislado, pues los votantes del Partido del Progreso no son seguramente propensos al asesinato en masa. Recuerda la huelga de hambre de Orlando Zapata o la autoincineración del tunecino Mohamed Bouazizi. Naturalmente que la principal cuestión es la medida en que se evalúe con frialdad la rentabilidad del asesinato, cosa que emparenta a Breivik con Mohamed Atta y sus compañeros. Lo que pasa es que ¿a cuánta gente han matado los asesinos idealistas a los que defiende Carlos Gaviria y legitima la Corte Suprema de Justicia colombiana? ¿Serán más altruistas gracias a que acumulan grandes fortunas y forman harenes de niñas? Comparados con Breivik, que siempre contó con que pagaría su crimen, son monstruos mucho peores y no obstante el gobierno colombiano está dispuesto a premiarlos.

Están todos invitados a oponerse resueltamente a cualquier asesinato con el que se pretenda obtener rédito político (como es el cálculo, tal vez correcto, de Breivik, aunque al respecto hay que hacer una aclaración para colombianos: "político" alude a valores e ideas, no a que Breivik, como los asesinos colombianos, aspire a ser ministro ni líder de la defensa de los derechos humanos ni politólogo millonario ni columnista. Noruega no es un muladar como Colombia). Lástima que no fuera ésa la disposición de la mayoría de las víctimas, ¿o quiénes creen ustedes que son los noruegos que simpatizan con las FARC?

Fuente: http://atrabilioso.blogspot.com/

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